El origen del pagaré se sitúa en la Edad Media, antes incluso que las conocidas como letras de cambio. Su uso se extiende inicialmente en las ciudades del norte de Italia con el objetivo de no llevar dinero en efectivo en los largos desplazamientos a través de caminos llenos de bandoleros.
Su funcionamiento seguía un procedimiento en el que se entregaba el dinero a un banquero y éste lo que hacía era firmar un documento en el que prometía que ese dinero se devolvería a quien se lo había entregado o a quien éste designase unas fechas más adelante.
En España, el pagaré aparece por primera vez en el Código de Comercio de 1829, el cual luego quedaría contemplado en el Código de Comercio de 1885. En él previamente sólo se reconocía la fuerza ejecutiva de la letra de cambio, pero no al pagaré. Ello provocó que dejara de utilizarse imponiéndose la letra de cambio, la cual pasó a convertirse en el documento de crédito más utilizado, ya que, por su fuerza ejecutiva, gozaba de ventajas frente al pagaré a la hora de reclamarlo en caso de impago.
Sin embargo, es la Ley Cambiaria y del Cheque de 16 de julio de 1985, que actualmente sigue en vigor la que contiene las normas básicas reguladoras del pagaré, y que viene a igualar ambos documentos en casi todos los aspectos, incluyendo la fuerza ejecutiva.
Gracias a ello se ha revitalizado su uso e incluso la utilización del pagaré ha ido ganando terreno a la letra de cambio, convirtiéndose actualmente en la opción más utilizada en las operaciones mercantiles por menor coste, su mejor adaptación y la simplicidad gracias a los avances informáticos.